Era domingo en la noche y me preparaba para dormir, en ese momento recibí un tuit que anunciaba, con una foto, un fuego en una casa del Casco Antiguo. Miré y pensé, es pequeño, seguro lo apagan rápido, y todos saldrán, y me desconecté. Cinco minutos después volví a revisar el Twitter y me percaté de que lo que me pareció un fuego sin consecuencias, se había convertido en una tragedia sin control. Corrí, como todos los que habitamos el Casco, hacia el escenario del siniestro para darme cuenta de que ante este tipo de accidentes es muy poco lo que uno puede hacer, salvo rezar que logren apagarlo pronto.

Poco sabía yo que ese fuego traería tanto dolor a varias familias. Las historias de vecinos que no encontraban a sus seres queridos se regaron entre la muchedumbre, anunciando lo que comprobaríamos días después. Perdimos a ocho vecinos que no pudieron salir del edificio en llamas o perecieron al tratar de escapar. Cómo conciliar que allá afuera se acuesta un niño esperando que su mamá regrese, después de un fuego injusto que lo separó de ella para siempre, y que ahora se pregunta, a sus escasos 12 años, cómo hará para cuidar de sus hermanitos.

La realidad de las casas condenadas, con poca salubridad, electricidad mal instalada, maderas podridas y techos repletos de goteras, debe ser tomada en cuenta. El fuego causó tal daño, porque no había ningún tipo de seguridad en esa edificación. He entrado en muchos de estos edificios, a través de los años, y me asombra ver cómo viven con tantos problemas. Muchos no tienen baños o agua, otros cocinan con estufas de gas que colindan con la ropa guindada en pisos de maderas con huecos, en donde familias enteras comparten un pequeño cuarto. Los colchones, la ropa y la vida diaria se entremezclan en espacios que poco sirven para el esparcimiento o la convivencia. Las familias de las casas condenadas viven en la calle. Los niños aprenden a sobrevivir en un mundo que les niega las oportunidades. Nacen y crecen rodeados de la violencia, que poco les brinda para crecer, estudiar y desarrollarse sanamente. Los juguetes son de otro tipo y la supervivencia es el estilo de vida.

En Panamá tenemos muchísima riqueza, pero a los niños de las casas condenadas no les llega más que el olor fétido de la insalubridad. Hemos invertido en carreteras, porque ya no cabemos de tanto automóvil; hemos comprado cuanto radar y helicóptero se nos ocurra; hemos hecho parques para ocultar la corrupción, y hemos construido caprichos, pero no les hemos dado esperanza a nuestros niños. Pareciera que nacer en El Chorrillo, Barraza, San Miguel o San Felipe es una condena a la indiferencia.

La respuesta de la ciudadanía cuando pedimos ayuda para los damnificados ha sido extraordinaria, nunca pensé que pudiésemos recibir tanto amor de mucha gente. Esa respuesta me llena de esperanza de que en Panamá hay gente buena que busca una sociedad más equitativo. Acumulamos por acumular y compramos, a veces, por comprar sin necesitar mucho de lo que anhelamos, y les enseñamos a nuestros hijos que podemos comprarle todo lo que sueñan. El reto es enseñarles que dar es más bello que recibir. Propongo analizar las prioridades y tomar acción; como ciudadanos, replantear qué tipo de sociedad queremos tener y cómo podemos hacer para que todos los niños tengan una vivienda digna y educación de primer mundo, en vez de subsidios, jamones y carreteras para autos que no poseen.

 

P.D: Tambien pueden encontrar el artículo en el siguiente enlace del periodico “La Prensa”:

http://www.prensa.com/impreso/opinion/sociedad-se-quema-hildegard-vasquez/304685