Escrito por Arq. Hildegard Vásquez

Les quiero regalar un compendio de escritos históricos sobre la Ciudad de Panamá sacados de varias fuentes.  En dicho compendio trato de dar un vistazo de las razones y propósitos con los cuales se funda la nueva ciudad de Panamá en 1673.  Cito textualmente a la Dra. María del Carmen Mena, reconocida historiadora  y profesora titular de Historia de América en la Universidad de Sevilla y un texto denominado “La Nueva Ciudad de Panamá: Traslado y Reconstrucción” que encontré en mi afán investigativo pero cuyo autor desconozco.

El 28 de enero de 1671, Morgan dio orden de atacar la ciudad. Para entonces el gobernador Juan Pérez de Guzmán había evacuado en el navío Trinidad, rumbo al Perú, a gran parte de los caudales del rey; también a cuantas mujeres, niños y monjas pudo poner a salvo; no a todas, desde luego, porque sabemos que muchas mujeres fueron violadas y asesinadas por los filibusteros. Pero los panameños, en su mayoría comerciantes y profesionales, gente toda sin preparación militar, fueron incapaces de resistir su avance, ni siquiera haciendo uso de una manada de toros bravos, “de los que abundan en la tierra” –anota el padre Recio- que fueron lanzados contra ellos con antorchas encendidas en sus astas. Durante tres horas se combatió dentro de la ciudad, con saña y valentía, en la luego bautizada como “batalla de Matasnillos”, pero una vez “enseñoreados de ella, los piratas mataron y destrozaron a cuantos pretendieron defenderse”.

Por un momento imaginemos a Morgan dando orden de abandonar la ciudad, satisfecho y frotándose las manos por el botín conseguido. Era unl 17 de febrero de 1671. Habían permanecido en aquella ciudad, ahora en ruinas, casi un mes. Tiempo más que suficiente para que sus hombres cometieran toda clase de fechorías, para expoliar la ciudad, piedra a piedra, o lo que quedaba de ella. Los filibusteros se retiraban con 600 prisioneros, que luego fueron liberando conforme ellos mismos pagaban un rescate adecuado, y con un rico cargamento de oro, plata y mercancías. Hasta 165 mulas necesitaron para transportar tantas riquezas. Años más tarde, se valoraron las pérdidas sufridas por la ciudad en más de dos millones de pesos, aunque otros cálculos las elevaban a dieciocho millones.

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La toma y destrucción de la ciudad de Panamá por el pirata Morgan produjo consecuencias enormes para el Istmo de Panamá.  La Corona Española decidió mudar la ciudad a un sitio más conveniente y seguro dictando la Real Cédula del 31 de Octubre de 1671, hace exactamente 340 años, nombrando al militar Don Antonio Fernández de Córdoba, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Tierra Firme para el traslado y fortificación de la nueva ciudad de Panamá que se ha de poblar en el sitio de Ancón.

Al arribo de la n ueva autoridad, a finales de 1671, el estado de la ciudad era deplorable, casa en ruinas o a punto de desplomarse con una población viviendo en miseria y abandono.  El portugés Hermano Gonzalo de la Madre de Dios había hecho las exploraciones exhaustivas que lo llevaron a recomendar el sitio para el traslado de la nueva ciudad.  Elementos militarmente importantes como la baja mar larga y rocosa que protegía el nuevo sitio fueron de vital importancia en la toma de decisión. (Ver plano adjunto)  La vieja ciudad en su nuevo emplazamiento seguiría las pautas dictadas por el Gobernador de Darién en 1513 de trazo a cordel y regla en forma de tablero de ajedrez y reparto de solares según la calidad de vecinos etc. Se sientan así las bases de una ciudad destinada a convertirse no en un gran mercado abierto y desguarnecido, como lo fuera desde 1519, sino en Fortaleza y Mercado, a un mismo tiempo y con este firme propósito, se la rodea de murallas para poner a buen recaudo la llave del comercio del Perú y uno de los más importantes puertos de las Indias.

La ceremonia de la fundación se efectuó el 21 de enero de 1673 iniciandose su fortificación un año más tarde bajo el gobierno de Alonso Mercano de Villacorta, labores que –por cierto- fueron supervisadas por dos
afamados ingenieros militares, llamados Juan Betín, recién llegado de Cartagena y Bernardo de Ceballos y Arce, a la sazón ingeniero mayor de Panamá.  Fué por recomendación de Pedro de Ponte, en 1686, que se llevó a efecto la construcción de cal y canto del cinturón defensivo, el cual tenía dos puertas principales, la de tierra y la de mary cinco póstigos: San Juan de Dios, San Francisco, Las Monjas, Santo Domingo y San José.

Efectivamente, el modelo era mucho más perfecto que el de la ciudad abandonada. Téngase en cuenta que Panamá la Vieja fue fruto de la improvisación de los primeros momentos de la conquista, cuando aún no existía una reglamentación urbana. Ahora, por el contrario, cuando se funda la nueva ciudad, ya habían transcurrido cien años desde la publicación de las Ordenanzas de Nueva Población y Gobierno de Felipe II, de 1573, que recogían y reglamentaban toda la experiencia americana en materia urbanística. Se tenía además una noción muy clara de que la nueva ciudad debía perpetuar a la vieja, ajustarse a las funciones comerciales y portuarias, que constituían su razón de ser, pero al mismo tiempo, había que dar cabida a una población en constante aumento, protegerla de los ataques del enemigo y subsanar todas las deficiencias que las nuevas circunstancias recomendaban.  Cabe destacar que el sístema deiseñado permitía igualmente solo una entrada de mar a través de la Puerta de Mar con su Contaduría, lugar por donde entró y pasó mucho del oro proveniente del Perú.  El recinto amurallado no sólo fué un baluarte militar sino que a traves del tiempo también formó parte del sístema social de la nueva ciudad con las clases populares ocupando el arrabal Santanero.

Cuando se repasa la correspondencia intercambiada en aquellos días y las presiones ejercidas desde España –consecuencia lógica del temor a la pérdida de tan importante bastión- es fácil comprender la miopía de Fernández de Córdoba y su firme decisión de cumplir con rigor los dictámenes recibidos desde la metrópoli. “Lo primero que se ha de empezar en la nueva ciudad que se trata de reedificar debe ser con planta tal que se resguarde su defensa en cuanto sea posible” –disponía una real cédula fechada en 1672-, al tiempo que se delegaba en Betín y Ceballos -los dos ingenieros militares, ya citados- la responsabilidad de elegir el lugar más conveniente, allá en las inmediaciones del cerro Ancón, para que la nueva ciudad “esté bien defendida”. Sin duda, esta obsesión por convertir a la nueva Panamá en un bastión inexpugnable para la piratería y otros enemigos de la Corona fue la principal causante de que se relegase a un segundo plano cuestiones de primerísimo orden y tan elementales como las dimensiones de la urbe y su capacidad para resolver satisfactoriamente los requerimientos de una futura expansión.

Obsesionados entonces con una ciudad militarmente defendible, comprendemos hoy en día el complicado emplazamiento que fué escogido.  La costa rocosa que se transforma en murallas infranqueables alejaban cualquier acercamiento corsario a más allá de 200 metros de la nueva ciudad amurallada.  Prueba de ello fué que en vísperas de nuestra separación de Colombia en 1903 el cañonero Bogotá no pudo acercarse a la costa citadina y debió recular luego de un solo disparo realizado desde el hoy conocido Paseo Las Bóvedas.