El Casco Antiguo debería ser el ejemplo de ciudad que deberíamos admirar como más humana, amigable y sostenible. El futuro de las ciudades está en su pasado.

Mucha gente me pregunta cómo es vivir en el Casco Antiguo ya que se imaginan problemas de inseguridad, pandillas y balazos y por supuesto tienen mucho tiempo que ni se acercan por ésta área. Para aquellos que todavía creen que el Gran Hotel es el Edificio de Correos los invito a que se tomen un paseo dominguero por el Casco Antiguo. Yo, personalmente disfruto muchísimo de tener mi oficina a media cuadra de mi casa y poder en dos segundos almorzar en la comodidad de mi hogar. Pero además de tener esta ventaja creo que mi labor como arquitecta se beneficia todos los días de los pequeños detalles que absorbe uno al estar rodeado de una arquitectura coherente y amable con nuestro clima.

Disfruto mucho analizar celosías, balcones, canes y molduras cada vez que volteo la mirada, y para mi grata sorpresa, siempre encuentro en mis caminatas matinales hacia la cinta costera algún detalle nuevo para mis ojos. Los arquitectos nos alimentamos de nuestro entorno y es casi enfermizo el proceso que empleamos para nutrirnos de lo que vemos tanto en nuestro diario vivir como en los viajes que hacemos. Las calles antiguas fueron diseñadas a la escala del peatón, la carreta o el caballo, los automóviles sobran y francamente no hacen falta ya que aún con lluvia o sol uno se puede movilizar de un lugar a otro albergado siempre por los balcones de los edificios. Ojalá se eliminaran del todo los automóviles del área, detesto la basura visual que le crean. Sin carros el Casco Antiguo cobra vida y genera un desborde de peatones liberados de tanto asedio citadino.