El niño de seis años se despertó temprano, eran las 3:30 am, sabía que era lunes y tenía que llegar a tiempo a la escuela. Aunque todavía estaba oscuro salió de la casa en busca del tanque plástico que utiliza la familia para almacenar agua y así poderse bañar.

Ya estaba acostumbrado a la oscuidad y sabía, igual que un ciego, como llegar hasta la improvisada ducha para bañarse sin mucho jabón ya que debía alcanzar para todos.

Se vistió y comió a la luz de una vela unos doritos con soda que pensó le darían energía para todo el día. Enrolló la basta de sus pantalones y guardó sus zapatos con sus húmedos cuadernos en una mochila de plástico, que le había regalado a principios de año el representante de corregimiento en un magno evento publicitario, pero que ya, a medio año, comenzaba a romperse. Salió apurado sin siquiera despedirse de su madre ya que ésta ya había salido aún más temprano hacia su trabajo en la capital.

Caminó descalzo por el lodo infernal de junio procurando no ensuciarse ya que la maestra les exigía llegar inmaculados y a tiempo. Caminó por una hora montaña abajo hasta que llegó a un camino de asfalto, pero como iba muy sucio se acercó a una quebrada llena de botellas y bolsas plásticas y procedió a limpiarse los pies para luego esperar un rato a que se secaran para ponerse sus zapatitos apretados con las medias llenas de huecos heredadas de su hermano mayor.

Atraído por la calma del amanecer se quedó un rato sentado en la piedra recordando como la noche anterior no había podido hacer la tarea de hoy ya que, en aquel cuartucho húmedo y oscuro en que vivía toda su familia, solo había espacio para peleas y golpes. Quiso ser grande para alejarse de toda esa miseria y recordó entonces que debía apurase sino llegaría tarde a coger el bus que lo llevaría por fin a la escuela. Feliz llegó a tiempo y buscó su salón, pero hoy pasaban cosas extrañas, no había maestra y había un alboroto inusual.

En eso lo jalaron por la mochila y entre un bullicio de gente lo llevaron de regreso a la calle y lo sentaron en un escritorio en la acera de enfrente con una maestra que no era la suya y le dijeron que en señal de protesta iban a dar la clase al lado de buses, taxis y cámaras de televisión que lo asediaban sin cesar a preguntarle si quería regresar a su aula. Nunca antes había tenido tanto miedo, los policías los arrinconaron hacia la acera mientras los adultos gritaban y vociferaban consignas que él ni entendía. Otros niños como él se sentaban a su alrededor con los ojitos llenos de lágrimas que no lograban sacar. Le dijeron que sacara el cuaderno de matemáticas con su tarea, pero él no la había hecho y aprovechando el asedio se quedó mirando su pupitre lleno de garabatos.

Eran las diez de la mañana y debía regresar a casa en un largo viaje que dura tres horas y ya estaba muy cansado, comenzó a caminar porque a esa hora no había bus colegial para llevarlo a casa y no tenía a nadie quien avisar de su problema. Llegó hasta la quebrada en la que se había lavado los pies y muerto de cansancio se recostó debajo del viejo mango y se quedó dormido. Soñó que a su escuela le habían quitado el techo y las sillas volaban por los aires mientras la maestra lo perseguía para preguntarle si había hecho la tarea. El cinco bailaba con el cuatro, el nueve le pegaba al uno y el tres estaba al revés.